working on... The Angola Project.
Physionomies |
Documentries, a bit of fiction, some sound-flowing-landscapes and a lot of reality. Writing, photography and videos about my work, in progress or not; ideas, extratcs, portraits, feelings, and projects in french, english, german or spanish. In frame or out off frame. Throught voice or spirit. A melting pot of my self and my projects. Berlin, november'11. |
Morgen am Sonntag. Durch die Fenster einige zerstreute Wolken am Himmel. Ein Flugzeug zeichnet eine Linie um 14’39’’Uhr. Eher Abend als Morgen. Aber ziemlich früh in meinem Erwachen und obwohl es spät ist für meine sonntäglichen üblichen Beschäftigungen in dem unaufgeräumten Zimmer des Hauses in der Helene-Lange-Strasse. Zweiter Stock. Die Treppe rauf, nach links, und ein bisschen weiter nach rechts. Zwei Betten teilen auf symmetrische Weise den Raum. Auf einem Bett ich, und auf dem anderen ein Koffer, drinnen, drei oder vier Sachen. Ein Dachzimmer. Das Fenster an den blauen Himmel, an den Morgengrauen und an den sternenklaren Nächten. Am Rande stehen tausend und ein Ding. Auf dem Boden, einige Papiere. Auf dem Bett; Klamotten, Tüten, Creme, Bücher, Kataloge von Filmfestspielen und von Ausstellungen, in die ich nicht gehen werde aber in die ich gerne würde. Noch einige cds, dvds, ein Schlüssel und ein Handy. Der heilige Gral der interkontinentalen Kommunikation. Das letzte Abendmahl hängt an der Wand. Golden glänzender Bilderrahmen. Es ist die erste Sache, die ich am Morgen sehe wenn ich von meinen spinnennetzenden Träumen erwache. Ein gräulicher Plastik-Wecker. Weiße Uhrzeiger. 6’45’’. Tic tac und das Brummen einer Biene, die an dem offenen Fenster herum schwirrt. Kalte Hände, farbenprächtige Bäume und orangefarbene Dächer. Von weitem nehme ich die Schreie eines Kindes wahr und nicht so weit weg höre ich die langsamen Schritte eines vermutlichen alten Mannes, der durch den Flur läuft. Badezimmer. Türknarren. Wasser laufen.
Seit zwei Wochen wohne ich im zweiten Stock dieses Hauses und seit zwei Wochen wohne ich mit zwei Menschen zusammen, die ich noch nicht gesehen habe. Von ihnen kenne ich nur ihre Geräusche und ihr bitterer Geruch, der an den Wänden klebt. Ein durchdringender Geruch, den ich ausweichen soll, wenn ich durch den Flur entlang laufe, um die Treppen zu erreichen. Eine faltige fliehende Hand am Türrahmen in flüchtiger Begegnung. Eine Zeichensprache der Taubstummen: ich mache das Fenster auf, sie machen das Fenster zu. Ich mache die Türe auf, sie machen die Türe zu. Auf und zu. Geister, die in der Fläche sich tummeln.
irgendein Sonntag im november...
.
No soy tartaleta de fresa,
ni frambuesa; pero
con pura pereza
y sin corteza,
SOY una vera certeza.
p u n t o e n e l i n f i n i t o,
PUNTO,
... en el extravío del navío.
Callada. Río.
Calmada. Te miro.
punto artificio.
estelas al hilo --------------------------------------------------- tú y yo.
al ojo cerrado
al papel manchado
b o c a n a d a de aire.
ASTÍO.
trenza desmenuzada
colorete abundante
y trincheras livianas.
Ríes y te miro.
Admiro tu blanco de ojo. Yo: tu iris.
Perpetuos sin mirada, pues no vemos; reconocemos
p u n t o s en el infinito de las tartaletas sin fresas.
Me levanto esta mañana y en medio del salón, encima de la mesa, un canario amarillo sacude de un lado a otro la jaula en la que esta preso. Amarillo contra los barrotes, amarillo frenético. -Shhh, cálmate- le digo susurrando mientras meto el dedo entre los barrotes para tocar su vientre. Mi reacción provoca en él torpes movimientos en todas direcciones. Oigo los rápidos latidos de su pequeño corazón. Un olor a quemado impregna el pasillo hasta la cocina. El horno está encendido y dentro, el plástico negro de las sartenes se está derritiendo. En el suelo un par de vasos rotos y una botella vacía. Cristina entra llorando, desconsolada; hecha un mar de lágrimas. Lleva su pijama azul con topos verdes. Su pelo está enredado y casi no me deja ver su rostro. Barbotea alguna palabra, pero sus frases carecen de coherencia y se sobreponen unas a las otras.
Cristina lleva jugando con los límites desde que la conozco. Apenas, cinco meses, pero suficientes para saber que no está bien. Sus comportamientos noctámbulos llevan sucediéndose desde el momento en que se mudó a la habitación. De vez en cuando escuchaba algunas conversaciones con su madre al teléfono. Todas ellas incoherentes y con alzado tono de voz. Una tras otra bajo el mismo mecanismo. Llegó un domingo por la tarde tras su madre la echara de casa bajo el lema que no servía para nada y que debía hacer algo con su vida. No puede volver a meter los pies en casa de sus padres. A ello, como buena conocedora de psicología básica, añade que nunca se ha sentido querida por su madre y que siempre ha debido cuidarla de una enfermedad que lleva consigo desde su nacimiento. En contrapartida y en alegato de inocencia, su padre vierte rigurosamente dinero en su cuenta para pagar los gastos del mes.
Cristina lleva durmiendo dos días seguidos. En una de esas noches me parece escuchar sus pasos en el pasillo hacia el cuarto de baño. A parte de ello no emana ningún otro sonido al pasar de los dos días. 48 horas en silencio absoluto; como si no estuviera.
4 de la mañana. Lunes. Desde la cocina oigo un estruendo de cacerolas. Cristina se ha levantado para cocinar. Coge la olla más grande que encuentra, echa agua, un paquete de pasta y enciende el horno. No se acuerda de apagarlo. En un mismo flujo de movimientos saca del congelador una botella de cava, abre la puerta de la entrada y baja las escaleras. Sus pies están descalzos pero eso no parece importarle. Apenas siente el viento que sacude su pelo.
Cristina lleva sin salir de su habitación más de lo habitual. Tres días. No puedo sino sentir que algo grave ha pasado. Abro la puerta al no tener respuesta alguna y un olor agrio a alcohol, tabaco y ropa sucia se impregna en mi nariz. Es insoportable. A penas oigo su respiración desde el fondo de la habitación. Me acerco a ella sigilosamente. Nada, ningún movimiento. Le toco la espalda. Cristina me escuchas, Cristina…. Nada. Tras unos segundos en blanco, sacudo su cuerpo con un poco más de insistencia. Cristina… El corazón me palpita rápidamente. Su cuerpo está inerte. Vuelvo a sacudir su espalda con un poco más de insistencia. Su boca emana una especie de gruñido entre dientes.
Hace mucho frío y la calle está vacía. Desde allí se ven un par de coches que pasan muy de vez en cuando. La luz anaranjada de la farola tintinea. Cristina camina en dirección hacia la gran avenida con la botella helada en la mano. En la esquina un par de carritos de supermercado repletos de viejos objetos dan entrada a la plaza y a los dos árboles que allí se alzan. En los bancos están sentados tres hombres. Cristina se dirige hacia ellos, sus pies caminan sobre el asfalto. Se clava un trozo de cristal pero casi no lo siente. Llega a la plaza y se sienta al lado de uno de los hombres. Su ropa está resquebrajada y sucia. Una barba larga llena de migas cubre su rostro. Al lado un compañero sostiene una botella de Xibeca. Al borde del banco una caja con un canario amarillo dentro.
Entre sollozos y lágrimas, Cristina parece formular algo en claro: “Querían tirarlo a la basura y se lo estaban pasando como si fuera una pelota, no paraba de chillar y lo sacudían una y otra vez, por eso lo he traído a casa.”
-”No llames a mi madre por favor”- Me dice con un hilo de voz antes de desplomarse de nuevo sobre la cama.
……..
Monedas en el metro. Cincuenta céntimos es lo primero que saco. Sus manos no tienen apenas dedos, miro rápido, lo justo para acertar las monedas en el vaso de plástico del macdonalds. Sonrío como si entre nosotros existiera una empatía dada por el hecho de que “colaboro” por su “causa”. Sus ojos; esquivos, hilarantes, sin profundidad alguna. Me devuelve la sonrisa, casi en una mueca forzada por los únicos cincuenta céntimos que encontré rápidamente en el monedero. En un gesto casi sincronizado, un par de chicas japonesas hacen lo mismo y así sucesivamente con algunas personas en el mismo vagón. Me desagrada la tenue sensación en el estómago de superioridad e inseguridad que se dibuja en esos momentos. ¿Acaso el gesto humano es equivalente a cincuenta céntimos? O en ocurrencia, ¿a la calderilla hallada en el fondo de los bolsillos del pantalón?
Yo, tantas veces conocido, tantas veces repetido; Tú, entfernt, en el más allá, ni más cerca ni más lejos; allí, en una posición perfectamente geometrica que desconoce el desorden de las estrellas. Tras de ti, un telón se alza en auroras boreales; amaneceres convertidos en noches que te transforman en silueta y que iluminan las sombras de mi corazón.
"The last time... I was 18 years old. My father used to rent a little house at the beach in the french coast during the summer. I did like everybody used to do... with a bathing suit, under the sun with my friends... And I swam all alone in the Atlantic ocean. I remember it like it did happen yesterday..."
J'ai nagé toute seule, trailer 2011.
This documentry film tells the story of a women's convent belonging to the community of Sainte Marthe, in Angoulême, France. Throughout the documentry we discover through the figure of 98-year-old Sister Philippe, and the rest of nuns, the secrets and intrigues that lie hidden in the convent.
Festivals: Corsica doc (competition) Zinebi Bilabo, Escales documentaires de la Rochelle, Centre de Femmes Bonnemaison Barcelone.
Si solo fuera el cielo y algún lucero lo que ante mi se enaltece (…) y todo ello pese a la mucha niebla que me anuncia largas noches y cegueras de madrugada. Torre de marfil, en la décima planta. El viento se azota furioso contra las pesadas ventanas de metal que sin embargo le permiten entre sus resquicios un hilo de frío de los que recorren la nuca. Escalofrío. Shhh… y un cubo verde en medio del negro, campo de fútbol no iluminado, trozo de muro en la nada y avenidas ilusorias de luces irisadas. Algún que otro cuerpo perdido en la niebla fantasmea su camino entre siluetas y se pierde a lo lejos, muy a lejos de mi.